Un viaje frustado

Hace un año iba a emprender el viaje de mis sueños: por fin iba a visitar Túnez, un país que me atraía muchísimo por su mezcla entre parajes desérticos y lugares paradisíacos. Llevaba varios meses con los billetes comprados, el hotel reservado y los detalles de desplazamiento, transporte y otros trámites ya realizados; además, había preparado varias rutas para la semana que íbamos a pasar allí. La idea era viajar a lo largo del país y visitar una buena parte de los puntos clave del territorio: desde el coliseo de el Djem, uno de los más grandes del mundo, hasta la ciudad de Cartago pasando por la capital, el desierto de sal de El Chott el Jerid y el precioso pueblo de techos azules Sidi Bou Said.

El último día lo pasaríamos en una de las maravillosas playas del país, con la perspectiva de volver a casa con las pilas bien cargadas y la cámara repleta de imágenes inolvidables. Sin embargo, debo decir que, por desgracia, las cosas no salieron en absoluto como había planeado. Y es que, a pesar de haber sido tan sumamente concienzuda con el plan de viaje y con la planificación de todos los lugares que íbamos a visitar, se me olvidó contemplar un aspecto de gran importancia que echaría al traste buena parte de nuestros planes.

El primer día aterrizamos por la noche; no tuvimos ningún problema a la hora de llegar al primer hotel y, como estábamos cansados, decidimos cenar algo ligero en el mismo recinto y dejar las excursiones y los tours para el día siguiente. Yo me había informado lo bastante como para saber que, cuando viajas a determinados países del extranjero, es importante consumir solamente agua embotellada para evitar problemas de estómago y diarreas imprevistas, la llamada “diarrea del viajero” que dicen. Sin embargo, lo que no había tenido en cuenta era que tenía que cuidar más aspectos para evitar este trance; tanto mi pareja como yo nos cepillamos los dientes y nos enjuagamos la boca empleando agua del grifo; nos pareció innecesario tomar tantas precauciones.

Al día siguiente nos fuimos al zoco de la ciudad y efectuamos unas cuantas compras; entre el regateo con los diferentes vendedores y las caminatas por la ciudad acabamos extenuados; además, las temperaturas eran bastante altas. Estábamos hambrientos y teníamos ganas de probar la comida tradicional del lugar, pero la zona en la que nos encontrábamos estaba repleta de lugareños y turistas: casi no se podía ni caminar. Al final, terminamos comprando algo de comida en uno de los puestos ambulantes que nos encontramos; también me habían advertido al respecto, diciendo que lo más aconsejable era evitar los alimentos expuestos al aire libre, pero la comida tenía buen aspecto y no queríamos tener que esperar más y retrasar nuestro viaje. Al caer la tarde estábamos tan cansados que nos fuimos derechos al hotel: al día siguiente teníamos un viaje de unas tres horas en autocar y queríamos estar bien descansados para la jornada.

El problema fue que no llegamos a realizar la excursión; al día siguiente tenía un dolor de estómago agudo que me llevó de cabeza al váter… y tardaría bastante rato en salir de allí. Tenía una diarrea fortísima y no podía alejarme demasiado de allí; además, los calambres de estómago me tenían doblada de dolor. Mi pareja tenía algunas nauseas, pero no fue hasta la tarde cuando empezó a sufrir unos efectos similares a los míos. La consecuencia de no cuidar la comida que ingerimos ni el agua que utilizamos no se hizo esperar: las tan ansiadas vacaciones quedaron bastante diezmadas, ya que durante los tres días siguientes fuimos incapaces prácticamente de movernos de la cama y nuestra condición física era deplorable. Además, en el botiquín tampoco habíamos incluido ningún medicamento para la diarrea, de modo que nos encontrábamos bastante a expensas de la situación.

Aquellas vacaciones fueron un fracaso, pero lo que está claro es que aprendí de sobra la lección. Ahora, cuando me planteo un viaje a algún lugar exótico tengo claro lo que no debo hacer si quiero practicar turismo de verdad. Con unas vacaciones perdidas ya hemos tenido más que suficiente.

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